Por qué empecé a hablar con las empresas

Fue hace cuatro años cuando se me despertó la vena creativa y, aunque creo saber por qué, prefiero guardar ese secreto. En aquel momento se me ocurrían constantemente formas de mejorar los objetos, el mundo e incluso la vida de algunas personas. Fruto de esa fiebre creativa fueron dos objetos que patenté con rotundo fracaso aparente. Digo aparente porque, aunque desde el punto de vista económico fueron un fracaso para mí  no lo fueron: representaron el comienzo de una nueva etapa vital basada en el dogma de que todo el mundo puede crear, hacer cosas, innovar y resultar muy valioso para la sociedad. Como muchas veces ocurre, los caminos que no conducen a ninguna parte son bellísimos y así fue.

A raíz de contactar con algunas empresas con la intención de encontrar salida comercial para mis «inventos» me dí cuenta de cómo funciona ese mundo y aprendí muchas lecciones sobre cómo pueden aliarse el mundo de la empresa con el de los consumidores. Posiblemente en los cuarteles generales de INDITEX y de IKEA alguien debió reírse o al menos sonreírse cuando me dirigí a ellos sin sentirme como Pulgarcito, sino cómo quien tiene algo importante qué ofrecer. En ambos casos demostraron las grandes empresas que son, prestando oído a una ilusa e insignificante «inventora» como yo. Ahora lo pienso y me río de mi, del poco sentido del ridículo que tuve escribiendo correos a dos de las grandes.